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Otra vez resaca

¿Si? ¿Dígame? Dice mientras vomita: que esto de las comunicaciones ha llegado muy lejos.  No sabe si colgar o más bien no sabemos si puede.

El riachuelo que ha formado avanza hacia la carretera, zigzaguea entre los baldosines  en una descarnada competencia con los orines que fluyen de una esquina cercana.

¿Si? ¿Dígame? Repite entre arcadas. Le contestan, pero él no acierta con los términos.

¿Qué? ¿Qué donde estás? Él contesta que no. Intenta mirar quien le llama: cuando sube la mano derecha flaquea su pierna izquierda, con lo que pierde de vista el objetivo. La acción se repite varias veces a pierna cambiada, va de un lado a otro hasta que encuentra apoyo en un coche, allí se queda, con una inclinación de cuarenta y cinco grados, haciendo fuerza sobre su hombro en vez de mover la pierna. Al cambiar el móvil de oreja su cuerpo cede hasta el retrovisor. En un momento brillante acierta a pensar que estaría mejor en el suelo en lugar de estar colgado de un aparato que está a punto de ceder. Se sienta, toma aire y vuelve a hablar por el móvil, lo tiene en la oreja pero aun tarda unos segundos en hablar. Dice: ¿Quién? Ya sabemos que tono tienen los borrachos. Sin duda es una gran pregunta. No tanto es así la respuesta, que se reduce a un simple “soy yo”, ¿Quién? Yo. No se desespera porque esta borracho como una cuba, aunque esta información a estas alturas es algo redundante, va a ir marcando todos sus actos de aquí a unas dos horas; que la tajada que alcanza no se la quita ni el mejor de los remedios.

El tipo cuelga el móvil, lo guarda en el bolsillo y sorprendentemente cae al suelo (el móvil, que no él), no se entera y se levanta, se mueve hacia la esquina, encaramado a un escaparate, orina, se sube la cremallera y cuando levanta la cabeza se le cae para atrás y mira al cielo. Queda gratamente sorprendido antes de caer como un saco de patatas, a unos milímetros de plantar el cogote en uno de los riachuelillos que por allí surgen. Tiene la suerte de haber caído con la misma inercia que su meado, por lo que sus caminos aun corren paralelos. Es un tipo con suerte, pero no lo sabe; eso y todo lo concerniente a los sistemas motores y el equilibrio. Ahora va a levantarse, planta una mano, después la otra, ésta justo en el meado, se asusta, acerca la mano a su cara, la huele, muy de cerca, prácticamente se la ha plantado en la cara, se limpia con la manga.

Atención, ha conseguido ponerse en pie, levanta el tronco lentamente, como si un sistema de gestión de grúas se hubiese apoderado de su cerebro: ha llegado desde el móvil, en forma de virus, y al ver la situación, ha tenido que tomar el mando. Ni nosotros ni el sabemos donde va, pero se va, va andando, ya se ha marchado.


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