Archivos para la Categoría 'La suerte en tu contra'

Gorda pero no fea

La mala suerte parece no aburrirse de estar con los mismos, se vanagloria jodiendo y malogrando los planes ajenos. Engañando y estafando, practica un juego perverso e inculca el desánimo con sus despropósitos de vanas creencias e ilusiones múltiples. Alguien dijo una vez -nos mearan y dirán que llueve- y te preguntas entonces –y ¿por qué lloverá siempre?

Si te acompaña la mala suerte, mírala a ella. Puede resultar muy gorda, pero no es del todo fea. La traicionera no es la suerte, es la mente: el creer que y no saber, el mucho decir y poco hacer, el venir sin haber ido, el mucho ruido y pocas nueces. El saber de antemano como van a acabar las cosas y no querer creérselo, es muy común. Tan común como no creer en la acción corrosiva del tiempo, que acaba borrando lo escrito en la roca mas dura.

Hace tiempo que dejé de creer en la suerte, tanto en la mala como en la buena, pero ahí viene otra vez; está delgada, viene bien vestida, podría decirse que a la moda, lleva un pañuelo en la cintura y una boina en la cabeza. Me mira y yo me alegro de verla, se despide y aún me alegro más. He dejado de creer en ella pero sin embargo ahí está, y espera gente que le llore las penas.

La riqueza del incompetente

Convencido de su genialidad y pericia en los negocios, montó un local de jabón de lavar a mano en pleno auge de los electrodomésticos, una tienda de sellos y sobres perfumados en el fragor de Internet y una tienda de trajes de novia en plena exaltación del divorcio. Se declaró en quiebra tres veces y tuvo que buscar refugio pidiendo compasión a sus congéneres en una centena de ocasiones. La suerte le era esquiva, pensaba, pero en realidad estaba esposado a la estupidez, cruel compañera, que se mofó de el en las grandes ideas y le alentó al fracaso estrepitoso por su simple gozo y esparcimiento.
Cuando dedujo que emprender no era lo suyo, aunque emprendedor había sido, hizo un curso relámpago de periodismo. Aprendió cosas sobre comunicación, como si nunca hubiese hablado, hizo ejercicios de lógica, como si por su mente nunca hubiese pasado la curiosidad, y se examinó sobre tipos de redacción, que redujo a uno propio y muy consolidado; el de la prensa del corazón.
Fue de plató en plató, utilizando esa inventiva absurda que dios le había dado, hizo fortuna, carisma y sabiduría entre los necios, deshonra entre los anónimos. Tenía un pequeño despacho, al que nadie jamás entraba, salvo para pedir celo, un par de clips o un diccionario. Su horario era flexible, tenía tres horas muertas entre las nueve de la mañana y las doce del medio día, en las que empleaba su tiempo en dormir la sopa boba o hacer boba la sopa: Iba a la pequeña biblioteca que había en su oficina, utilizaba el ordenador y en un gran número de ocasiones le echaban por no haber reservado plaza, aun estando todos los puestos vacíos había que reservar con dos días de antelación. Nunca comprendió aquella norma, pero no llegó a presuponer que era absurda, por lo que acataba sin rechistar y lo que es peor, nunca reservaba.
Sus días pasaron sin gloria, que pena daba mucha, tenía dinero y un despacho. Tenía lo que a su juicio todo hombre desea: éxito. Si hubiese podido, habría vuelto a declararse en quiebra, pero ese éxito tenía, y aun tiene, un precio que puede seguir pagando.

La construcción de la mirada

Consumo mis días con normalidad: polen, pornografía y poleo-menta. Salgo de casa con el turbo después de una ducha y dos tostadas, un café sin cafeína y cinco cigarros bajos en nicotina. A cañón: soy el hombre bala. La mañana después de perpetrar un asesinato siempre llevo una enorme sonrisa puesta, la gente en el autobús se preguntará si follé anoche, mas no podré leer la curiosidad en sus rostros: el mundo es más amable sin gafas ni lentillas; las personas, más simpáticas cuando llevas un cañón de asalto en las manos, ¡dónde va a parar!. La poli, dicen los telediarios, me pisa los talones, y yo me pregunto como tienen a un tío tan malo haciendo los retratos robot, les distrae y me destruye. Intentan buscar pistas cifradas en la escena del crimen como si mis actos fueran un problema de matemáticas de instituto y no acaban de darse cuenta de que estas cosas no se resuelven, más bien se disuelven, si quieren llegar a pillarme deben desplazarse a lo inefable, a lo indeterminado: soy bueno tras una mirilla telescópica, pero soy aún mejor inventando pistas falsas. Embobado como un jubilado pegado a la valla viendo las escavadoras, con una cámara y el mundo a través del objetivo y una gabardina que me hace tener pinta de sospechoso allá por donde me muevo. Siempre regreso al lugar, siempre a la escena, como si fuera un escaparate me expongo bajo todos los focos y luego, comiendo con los obreros en los bares, finjo no conocerme. Cuando un dedo apunta al cielo el listo examina al dueño del dedo y luego, si acaso, echa una ojeada al cielo; el poder se ejerce dirigiendo o atrayendo la mirada, nuestra sociedad se construye sobre un amasijo de imágenes indescifrables y los consiguientes dolores de cabeza que ocasionan. Nos distraen y nos destruyen. Dios salve a las almas adictas a las aspirinas que yo sigo tomando el fresco (haciendo un sudoku) a la sombra de la guadaña. Si me ves no te pares.

Por Torticer

ABRAXAS: UN ARREBATO ESPIRITUAL.

Aquella noche el señor Godofredo Guayaquil soñó tantas vidas que nunca será capaz de explicarlo. Mientras su castigado cuerpo yacía pesado y casi inerte en su cama, su mente, su alma era otra. Escapar de su individualidad, ser otro, ser, de hecho, otros, fue algo que Godofredo aprendió a concebir como un hecho real de su vida. La envidia no tenía lugar en su sueño, pues, cómo envidiarse uno mismo, cuando uno es Todo. Fue sumamente placentero aprehender la vida de una campesina del Languedoc francés.
La luz artificial de los pequeños infrarrojos comenzó a expandirse. Godofredo captaba una impresión colorada bañando todo su entorno de estanterías y cristales. La visión, ese sentido tan influyente en nuestras vidas, murió. La oscuridad resultó ser una luz infinita, brillante, blanca, azul, rosa, de todos los colores. Negra incluso. Los contornos de la impresión lumínica eran claros por primera vez, sólo eran construcciones de prejuicios sensoriales humanos, tan fáciles de superar como era saber que tales contornos no existían. Godofredo, sorprendido de no estar muerto todavía, sintió un amor que penetró todo su cuerpo físico. La vida, la vida entera, cada ser viviente que ha sido, es y será, inundó su conciencia. Cada instante de vida fue suyo por un instante.
Aquella noche fue eterna, seguramente fue eterna. Cómo podría de otra forma comprenderse. El tiempo manifiesta su existencia destruyendo seres temporales. Los crea, los transforma, los hace desaparecer. Depende, en fin, de seres condenados a la desaparición. Existirán infinitos seres condenados a la desaparición o bien el tiempo estará condenado a desaparecer cuando desaparezca el último de los seres desaparecibles. Godofredo no lo supo, pero oyó al tiempo quejarse de dolor de riñones.
Amanecía cuando ese loco de Godofredo habló con un tornillo que había tratado de aprehender, con su tornillil forma de juzgar, el transatlántico del que formaba parte. Godofredo se levantó de la cama y encendió un cigarro mientras miraba por la ventana. Era de nuevo un jodido tornillo.
Por Joey Bronson

Una historia en el bolsillo

Es el momento de quitar el polvo a aquellas viejas prendas que, año tras año, regresan para salvar nuestros cuerpos de la lluvia y las inclemencias temporales.

En sus bolsillos, se encuentran viejos recuerdos, cosas que se creían perdidas, cosas que buscamos en otros momentos y no conseguimos hallar. Todos esos objetos me dicen que en todo momento he necesitado abrigo.  Un ticket londinense, un duro oxidado y los restos de alguna nota, junto con tres ovillos de pelusa, unas virutas de bonometro mojado y una tarjeta de contacto. La funda de un bolígrafo bic, bien mordisqueado, una frase escrita en una hoja de cuadros, un pañuelo, el tornillo de un llavero y cincuenta y dos briznas de tabaco. La almohadilla de unos cascos, la piedra de un mechero y el muelle, una chincheta, un clip y algo que es negro y blando.

Octubre

Llegó desde París en forma de mensaje de texto lleno de faltas de ortografía. Viajó en un vagón lleno de asesinos y tuvo la osadía de dormirse, al despertar tenía un koala entre sus brazos y la necesidad de explicar octubre ante el revisor. Llega desde París y confunde másculino y femenino, dice por ejemplo “la mensaje” y manda besos desde una ciudad bonita que sólo existe en la cabeza de la gente. Viajaba (vi a java) en un vagón lleno de objetos y artefactos políticos, y se atrevío a dormir un rato, cuando abrió los ojos tenía en sus manos un volante, conducía un formula 1 a más de trescientos kilómetros hora, además, entre los dientes, una flor de papel hecha con una servilleta, gracias por su visita.

Un relato corto corto

El mundo se cuece en la mañana quieta, aun gris y cubierta por la bruma. La brisa fresca mece las copas de los álamos con suavidad, como una caricia de compasión, comienzan los vestigios tempranos de vida, uno a uno resuenan lejanos. Todo está quieto y en calma. El primer trabajador disfruta de su soledad, aun dormido camina con compás preaprehendido, tiene los ojos hinchados y el pelo húmedo, la cara pálida y suave, escucha el chasquido de sus zapatos más nítido que nunca, incluso que otras mañanas semejantes.

El mundo está callado, mudo, habla la naturaleza, se percibe su física en todos los rincones, como un docil compás, paso a paso.

 

Todo acaba con las primeras palabras. Se accionan los ruidosos engranajes del mercado, el dinero se mueve inquieto, suenan los teléfonos y los sucios motores emiten su peste al cielo una vez más enladrillado, se escuchan y exclaman los primeros gritos, lloran los niños y rugen los primeros estómagos, se vierte la primera taza de expreso y se destinta el primer bolígrafo.

Por la noche todo está pasado, blando y pegajoso, harto. Regresan seres al hogar, su calma la aparcaron hace ya no saben cuando, donde, no hay lugar para hacerlo. Se oyen discusiones, no son ni mucho menos las primeras, ya se han roto muchos platos, resuenan los errores, la ciudad tiembla y tose, defeca y regurgita su empacho.

Nació el primer loco en una noche como esta y aconteció el primer asesinato, picotearon el cadáver los primeros buitres, alguien imaginó la primera artimaña, y otro la llevó a cabo. Vieron el mundo los primeros prejuicios y bostezó la primera mujer explotada, se cagó la primera mierda y se lanzó la primogenea piedra; alguien tuvo la sana idea de esconder la mano. Se habituaron las palomas pioneras y murieron, bajo complot, los primeros halcones, se inventó el garrote vil, la cámara de gas y la silla eléctrica.

Se lanzó la primera sonda al espacio y se introdujo por primera vez en el ano, se picó el primer diente y se aisló por primera vez a los aislados; se pintó al tercer rey mago.

Surgió entre las sombras el primer atracador y encontró a la primera moneda, se invento el matrimonio y nacieron los primeros vándalos.

Comenzaron los infartos, las fiebres y la peste bubónica, amaneció el primer hedor y se propinaron los primeros puñetazos, apareció el primer dentista, primer atracador y los siguientes olvidaron la excusa.

En la madrugada el mundo está calmado, agonizando, está por primera vez harto.


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