
Llegamos desde Roma, en un viejo tren. La noche caía acompañada de un viento gélido, con las primeras luces y el sol escondiendose en el valle, llegamos a Campobasso, despues de tres interminables horas. El primer vistazo desde la estación, puede velar toda la belleza que esta pequeña ciudad esconde, mas los trámites de un viaje y el cansancio, sólo albergan el ansia de llegar a puerto, soltar los bultos y desplomarse en la primera cama.
Campobasso está construido en una pequeña colina, sus escarpadas callejuelas conducen a un pequeño minarete de observación frente a la iglesia de San Bartolomeo, el camino que de allí surge, lleva al viejo pero bien conservado Castillo de Monforte, que domina el valle contiguo y sus vistas desde el siglo XVI. El último tramo que dista desde la iglesia hasta el propio castillo, está flanqueado por árboles, que antaño fueron soldados caídos uno a uno y homenajeados con cientos de años de vida, haciendo dificil no tener la sensación de que todo, alli, está intacto y alberga un sentido perteneciente al pasado, presente ahora en cada roca y cada camino.

