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Oso Tube

Cojones con las piñatas

 Oso broadcast for you

Gorda pero no fea

La mala suerte parece no aburrirse de estar con los mismos, se vanagloria jodiendo y malogrando los planes ajenos. Engañando y estafando, practica un juego perverso e inculca el desánimo con sus despropósitos de vanas creencias e ilusiones múltiples. Alguien dijo una vez -nos mearan y dirán que llueve- y te preguntas entonces –y ¿por qué lloverá siempre?

Si te acompaña la mala suerte, mírala a ella. Puede resultar muy gorda, pero no es del todo fea. La traicionera no es la suerte, es la mente: el creer que y no saber, el mucho decir y poco hacer, el venir sin haber ido, el mucho ruido y pocas nueces. El saber de antemano como van a acabar las cosas y no querer creérselo, es muy común. Tan común como no creer en la acción corrosiva del tiempo, que acaba borrando lo escrito en la roca mas dura.

Hace tiempo que dejé de creer en la suerte, tanto en la mala como en la buena, pero ahí viene otra vez; está delgada, viene bien vestida, podría decirse que a la moda, lleva un pañuelo en la cintura y una boina en la cabeza. Me mira y yo me alegro de verla, se despide y aún me alegro más. He dejado de creer en ella pero sin embargo ahí está, y espera gente que le llore las penas.

Oso Tube

Otra recomendación: tías tontas 

La primera sesión de broadcast recomendado por el Oso: Trabajos at work y Face plant ever. Esperemos que os guste

Gitanos en la red

Más de una docena de usuarios de Internet han planteado sus quejas a cerca de los sucesos que vienen aconteciendo en las últimas dos semanas, que han dado un giro en cuanto a la seguridad en la red se refiere.
La Asociación de Padres contra la Gitanería y el Escarnio declara que sus hijos, jóvenes de entre 15 y 18 años, no se sienten seguros navegando por la red, ya que han sido atracados por bandas de delincuentes en portales como My Space, Yahoo y last fm.

Las lenguas más perspicaces ya hablan de una mafia que giraría en torno a la industria de la música, que solo ha encontrado su recompensa a los descensos de música gratuita en un modelo de negocio basado en la extorsión.
Aunque esto no es comprobable aún, si que es fuente fiable las substracciones que el colectivo de Jarchos* ha llevado a cabo: Según nos cuenta T-torras, el colectivo se puso en contacto con él a través de My Space, donde, tras unos cuantos falsos halagos, consiguieron sacarle la dirección de Messenger. La intimidación vino entonces, cuando, según palabras textuales, uno de ellos le dijo: “oye payo, vamos, déjame diez pavos pal skype, que mi madre ha enfermado”, poco después le forzaron a comprar en e-bay una navaja que alcanzó el precio de veinte euros.

“Estaba tan asustado que repetía cinco o seis veces cada letra” argumentaba el joven aún asustado. Aunque no pudo negarse, aún conserva las direcciones de Messenger de los atracadores, pero él mismo nos confiesa que es posible que hayan cambiado ya de identidad, con lo que su captura será, por el momento, imposible.

El caso de T-torras no es el único, parece que a partir de ahora tendremos que tener cuidado al navegar por ciertos portales.

La riqueza del incompetente

Convencido de su genialidad y pericia en los negocios, montó un local de jabón de lavar a mano en pleno auge de los electrodomésticos, una tienda de sellos y sobres perfumados en el fragor de Internet y una tienda de trajes de novia en plena exaltación del divorcio. Se declaró en quiebra tres veces y tuvo que buscar refugio pidiendo compasión a sus congéneres en una centena de ocasiones. La suerte le era esquiva, pensaba, pero en realidad estaba esposado a la estupidez, cruel compañera, que se mofó de el en las grandes ideas y le alentó al fracaso estrepitoso por su simple gozo y esparcimiento.
Cuando dedujo que emprender no era lo suyo, aunque emprendedor había sido, hizo un curso relámpago de periodismo. Aprendió cosas sobre comunicación, como si nunca hubiese hablado, hizo ejercicios de lógica, como si por su mente nunca hubiese pasado la curiosidad, y se examinó sobre tipos de redacción, que redujo a uno propio y muy consolidado; el de la prensa del corazón.
Fue de plató en plató, utilizando esa inventiva absurda que dios le había dado, hizo fortuna, carisma y sabiduría entre los necios, deshonra entre los anónimos. Tenía un pequeño despacho, al que nadie jamás entraba, salvo para pedir celo, un par de clips o un diccionario. Su horario era flexible, tenía tres horas muertas entre las nueve de la mañana y las doce del medio día, en las que empleaba su tiempo en dormir la sopa boba o hacer boba la sopa: Iba a la pequeña biblioteca que había en su oficina, utilizaba el ordenador y en un gran número de ocasiones le echaban por no haber reservado plaza, aun estando todos los puestos vacíos había que reservar con dos días de antelación. Nunca comprendió aquella norma, pero no llegó a presuponer que era absurda, por lo que acataba sin rechistar y lo que es peor, nunca reservaba.
Sus días pasaron sin gloria, que pena daba mucha, tenía dinero y un despacho. Tenía lo que a su juicio todo hombre desea: éxito. Si hubiese podido, habría vuelto a declararse en quiebra, pero ese éxito tenía, y aun tiene, un precio que puede seguir pagando.

La construcción de la mirada

Consumo mis días con normalidad: polen, pornografía y poleo-menta. Salgo de casa con el turbo después de una ducha y dos tostadas, un café sin cafeína y cinco cigarros bajos en nicotina. A cañón: soy el hombre bala. La mañana después de perpetrar un asesinato siempre llevo una enorme sonrisa puesta, la gente en el autobús se preguntará si follé anoche, mas no podré leer la curiosidad en sus rostros: el mundo es más amable sin gafas ni lentillas; las personas, más simpáticas cuando llevas un cañón de asalto en las manos, ¡dónde va a parar!. La poli, dicen los telediarios, me pisa los talones, y yo me pregunto como tienen a un tío tan malo haciendo los retratos robot, les distrae y me destruye. Intentan buscar pistas cifradas en la escena del crimen como si mis actos fueran un problema de matemáticas de instituto y no acaban de darse cuenta de que estas cosas no se resuelven, más bien se disuelven, si quieren llegar a pillarme deben desplazarse a lo inefable, a lo indeterminado: soy bueno tras una mirilla telescópica, pero soy aún mejor inventando pistas falsas. Embobado como un jubilado pegado a la valla viendo las escavadoras, con una cámara y el mundo a través del objetivo y una gabardina que me hace tener pinta de sospechoso allá por donde me muevo. Siempre regreso al lugar, siempre a la escena, como si fuera un escaparate me expongo bajo todos los focos y luego, comiendo con los obreros en los bares, finjo no conocerme. Cuando un dedo apunta al cielo el listo examina al dueño del dedo y luego, si acaso, echa una ojeada al cielo; el poder se ejerce dirigiendo o atrayendo la mirada, nuestra sociedad se construye sobre un amasijo de imágenes indescifrables y los consiguientes dolores de cabeza que ocasionan. Nos distraen y nos destruyen. Dios salve a las almas adictas a las aspirinas que yo sigo tomando el fresco (haciendo un sudoku) a la sombra de la guadaña. Si me ves no te pares.

Por Torticer

Otra vez resaca

¿Si? ¿Dígame? Dice mientras vomita: que esto de las comunicaciones ha llegado muy lejos.  No sabe si colgar o más bien no sabemos si puede.

El riachuelo que ha formado avanza hacia la carretera, zigzaguea entre los baldosines  en una descarnada competencia con los orines que fluyen de una esquina cercana.

¿Si? ¿Dígame? Repite entre arcadas. Le contestan, pero él no acierta con los términos.

¿Qué? ¿Qué donde estás? Él contesta que no. Intenta mirar quien le llama: cuando sube la mano derecha flaquea su pierna izquierda, con lo que pierde de vista el objetivo. La acción se repite varias veces a pierna cambiada, va de un lado a otro hasta que encuentra apoyo en un coche, allí se queda, con una inclinación de cuarenta y cinco grados, haciendo fuerza sobre su hombro en vez de mover la pierna. Al cambiar el móvil de oreja su cuerpo cede hasta el retrovisor. En un momento brillante acierta a pensar que estaría mejor en el suelo en lugar de estar colgado de un aparato que está a punto de ceder. Se sienta, toma aire y vuelve a hablar por el móvil, lo tiene en la oreja pero aun tarda unos segundos en hablar. Dice: ¿Quién? Ya sabemos que tono tienen los borrachos. Sin duda es una gran pregunta. No tanto es así la respuesta, que se reduce a un simple “soy yo”, ¿Quién? Yo. No se desespera porque esta borracho como una cuba, aunque esta información a estas alturas es algo redundante, va a ir marcando todos sus actos de aquí a unas dos horas; que la tajada que alcanza no se la quita ni el mejor de los remedios.

El tipo cuelga el móvil, lo guarda en el bolsillo y sorprendentemente cae al suelo (el móvil, que no él), no se entera y se levanta, se mueve hacia la esquina, encaramado a un escaparate, orina, se sube la cremallera y cuando levanta la cabeza se le cae para atrás y mira al cielo. Queda gratamente sorprendido antes de caer como un saco de patatas, a unos milímetros de plantar el cogote en uno de los riachuelillos que por allí surgen. Tiene la suerte de haber caído con la misma inercia que su meado, por lo que sus caminos aun corren paralelos. Es un tipo con suerte, pero no lo sabe; eso y todo lo concerniente a los sistemas motores y el equilibrio. Ahora va a levantarse, planta una mano, después la otra, ésta justo en el meado, se asusta, acerca la mano a su cara, la huele, muy de cerca, prácticamente se la ha plantado en la cara, se limpia con la manga.

Atención, ha conseguido ponerse en pie, levanta el tronco lentamente, como si un sistema de gestión de grúas se hubiese apoderado de su cerebro: ha llegado desde el móvil, en forma de virus, y al ver la situación, ha tenido que tomar el mando. Ni nosotros ni el sabemos donde va, pero se va, va andando, ya se ha marchado.

ABRAXAS: UN ARREBATO ESPIRITUAL.

Aquella noche el señor Godofredo Guayaquil soñó tantas vidas que nunca será capaz de explicarlo. Mientras su castigado cuerpo yacía pesado y casi inerte en su cama, su mente, su alma era otra. Escapar de su individualidad, ser otro, ser, de hecho, otros, fue algo que Godofredo aprendió a concebir como un hecho real de su vida. La envidia no tenía lugar en su sueño, pues, cómo envidiarse uno mismo, cuando uno es Todo. Fue sumamente placentero aprehender la vida de una campesina del Languedoc francés.
La luz artificial de los pequeños infrarrojos comenzó a expandirse. Godofredo captaba una impresión colorada bañando todo su entorno de estanterías y cristales. La visión, ese sentido tan influyente en nuestras vidas, murió. La oscuridad resultó ser una luz infinita, brillante, blanca, azul, rosa, de todos los colores. Negra incluso. Los contornos de la impresión lumínica eran claros por primera vez, sólo eran construcciones de prejuicios sensoriales humanos, tan fáciles de superar como era saber que tales contornos no existían. Godofredo, sorprendido de no estar muerto todavía, sintió un amor que penetró todo su cuerpo físico. La vida, la vida entera, cada ser viviente que ha sido, es y será, inundó su conciencia. Cada instante de vida fue suyo por un instante.
Aquella noche fue eterna, seguramente fue eterna. Cómo podría de otra forma comprenderse. El tiempo manifiesta su existencia destruyendo seres temporales. Los crea, los transforma, los hace desaparecer. Depende, en fin, de seres condenados a la desaparición. Existirán infinitos seres condenados a la desaparición o bien el tiempo estará condenado a desaparecer cuando desaparezca el último de los seres desaparecibles. Godofredo no lo supo, pero oyó al tiempo quejarse de dolor de riñones.
Amanecía cuando ese loco de Godofredo habló con un tornillo que había tratado de aprehender, con su tornillil forma de juzgar, el transatlántico del que formaba parte. Godofredo se levantó de la cama y encendió un cigarro mientras miraba por la ventana. Era de nuevo un jodido tornillo.
Por Joey Bronson

Como se hizo Torre espacio

No salen caidas ni golpes, pero es de lo mejor. 

La rentabilidad de la vida moderna

El estrés ya no es cosa ajena para nadie que viva en una ciudad medianamente grande. Es en estos lugares donde se cuece todo el asunto económico: se instalan las grandes empresas, se genera más trabajo, admiten grandes flujos y movimientos de población, se consume a marchas forzadas y se pelea por el terreno.

 

Muchos se preguntan que tiene que ver el modo de vida, las sensaciones y los pensamientos con la economía, que muchas veces es entendida como la táctica del dinero, la estrategia monetaria. Pero se olvidan de la teoría.

La economía y el mercado están íntimamente ligados al estilo de vida, y aunque no se sabe bien que vino antes, si el consumo o los productos, si el huevo o la gallina, si es bien conocido que efectos tienen unas disciplinas sobre otras.

 

Pongamos un ejemplo práctico. Starbucks es una franquicia mundialmente conocida y mundialmente rentable que responde a una estrategia de mercado muy concreta: “Aprovechar el estrés al máximo”.

Todos los locales que esta franquicia posee están ubicados estratégicamente cerca de estaciones de transporte con mucha afluencia de gente, ante todo de gente que acude a sus puestos de trabajo. Si bien no encuentras un Starbucks en una estación lo encontrarás cerca de un gran centro comercial. La causa es muy sencilla: No solo se alimenta de los clientes que acuden a los centros comerciales, que ya de por sí, tienen una ruta de compras bien definida por la zona comercial, si no que también cuenta con el dinero de los propios trabajadores de los centros, que tienen un tiempo muy limitado de descanso antes de reincorporarse a sus puestos de trabajo. Este tipo de clientes, que tan solo están de paso, poseen una característica muy especial para Starbucks: no solo compran un café, compran la accesibilidad al mismo, estando dispuestos a pagar una cantidad más elevada por el producto. En definitiva, son locales para gente con prisa, o al menos esa es su principal fuente de ingresos.

 

La mercancía de Starbucks no es solo café, es también el tiempo.

 “Vendemos tiempo al estresado” es la gran premisa comercial de nuestro siglo: confort, comodidad, ahorro, pero ante todo más rapido.

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